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miércoles, 15 de abril de 2020

Viaje a Tanzania: febrero-marzo 2020 (María) - Parte 2: Arusha

Llegada a Arusha: domingo, 23/02/2020

Arusha

Unos meses antes ni siquiera sabía que existía una ciudad con ese nombre y mucho menos en dónde estaba situada. La oportunidad de hacer un voluntariado en Machumba, un pequeño pueblecito cerca de esta ciudad, me permitió descubrirla y saber que está situada en el norte de Tanzania. Para mí era una desconocida, pero para todos aquellos interesados en los safaris fotográficos no cabe duda de que Arusha es famosa por su localización, que le permite actuar como punto de partida para numerosas y fantásticas excursiones por la región. Se encuentra cerca del parque nacional Serengeti, la zona de conservación de Ngorongoro, el parque nacional del lago Manyara, la garganta de Olduvai, el parque nacional de Tarangire, el monte Kilimanjaro y el parque nacional del monte Meru, a cuyos pies se sitúa. Por todo ello, es el principal centro turístico del país, siendo su aeropuerto el segundo más importante después de Dar-Es-Salam. Es una ciudad multicultural, con una población mayoritariamente tanzana de orígenes mixtos, bantú, árabes e indios, además de pequeñas minorías blancas europeas y americanas. El cristianismo, el judaísmo, el Islam y el hinduismo conviven armoniosamente.

A pesar de haber vivido durante seis años en Casablanca, Marruecos, hasta que llegué a Arusha no puedo decir que conociese África. El reino alauita está muy occidentalizado y no tiene nada que ver con esta otra parte del continente. Aquí uno se encuentra con la llamada "África Negra" y descubre unas formas de vida y cultura que nos son completamente ajenas a los europeos. Ajenas, sí, pero ¡fascinantes!

Estuve en varias ocasiones en Arusha, a una media hora de Machumba en dalla dalla (pequeños autobuses que continuamente enlazan los pueblos de la región). Son tan pequeños que apenas te puedes mover en su interior sin dar con la cabeza en el techo. Normalmente tienen 3 o 4 filas de asientos para tres o cuatro personas en un lateral y en el otro un par de asientos individuales, con lo cual el pasillo es estrechísimo y cuesta dirigirse hacia la parte posterior, sobre todo porque suele haber un asiento plegable en el medio que además está casi siempre ocupado, lo que implica que haya que levantarse una y otra vez en las múltiples paradas que hacen. Estos autobuses tienen una especie de "revisor" que se dedica a la caza de viajeros en las zonas de mercado, al borde de las carreteras, y no se ponen en marcha hasta que no están llenos. Y después, cuando ya están en circulación, va prestando atención a la gente que está en las cunetas para dar la orden de parada al conductor y tratar de convencer a los peatones de que suban y ocupen los lugares que quedaron vacíos en la parada anterior. Es una sensación agobiante, a tope de gente en un espacio muy reducido, sin aire acondicionado y con un calor tremendo. Pero resultan, cuando menos, curiosos, además de muy baratos. 

El interés de Arusha es limitado. Es una ciudad de edificios bajos, llena de agencias de viaje y, en general, nada barata. De todas formas se pueden encontrar hoteles y restaurantes con precios aptos para todos los bolsillos. La mejor manera de conocerla es paseando aunque es difícil librarse de los vendedores ambulantes. Destacamos el mercado central, un conjunto de calles en las que se vende de todo, desde artesanía a pescado, frutas y verduras, y el tribunal internacional de las Naciones Unidas. En el mercado hay que regatear para conseguir un precio justo y mostrarse decidida a irse para que el vendedor rebaje la cantidad que pide inicialmente. Esa forma de ser, esa vida de apariencia caótica es, en realidad, el verdadero encanto de la ciudad, el encanto de África. 

En el centro de Arusha se halla una torre con un reloj que sirve de referencia a todo el mundo para moverse por la ciudad. Como peculiaridad, el reloj marca el punto intermedio del camino entre la Ciudad del Cabo y El Cairo.

Llegué al aeropuerto de Arusha procedente de Zanzíbar. Y la primera sorpresa fue la manera de recoger el equipaje: nada de cintas transportadoras. Un empleado nos indicó que nos fuéramos hacia la verja que separa el aeropuerto del exterior (en el que esperaban los taxistas con letreros con los nombres de sus clientes) y después él trajo en una especie de gran carretilla las maletas que cada uno iba recogiendo como podía en el medio del barullo que se formó. A mí me estaba esperando un amigo de Moisés, el chico con el que yo había contactado desde España para lanzarme a esta aventura. Muy agradable y con un español más que correcto, me explicó que Moisés había ido al hospital porque no se encontraba bien, pero que lo recogeríamos en el camino, cosa que hicimos. Era la primera vez que nos encontrábamos... Y estos vídeos muestran mi primera toma de contacto con la ciudad:




Pensé en una ciudad llena de vida, música y colorido. Y me llamó la atención la limpieza del suelo (en mercados de este estilo en Marruecos la suciedad es el pan nuestro de cada día). 

Seis días después de mi llegada al orfanato en Machumba, volví a Arusha con Isaac, el director del orfanato, y Luca y Eva, las chicas alemanas que también estaban allí trabajando como voluntarias. Nos movimos por las calles del mercado central para comprar cosas para el orfanato, libros, cuadernos, zapatos, sábanas, comida...








No volví a Arusha hasta el 11 de marzo y en esa ocasión lo hice con Julie y Jasmina, dos chicas danesas que venían al orfanato por las mañanas. Íbamos también a hacer compras así que nos movimos de nuevo por el mercado central y acabamos comiendo en Pizza Hut, jajajajaja.


Bueno, sí que había recorrido Arusha en coche el día 7 antes de partir para el safari en Tarangire y Ngorongoro. Además, al volver, el guía llevó primero al chico alemán que se nos había unido para la visita al cráter y nos hizo un recorrido muy interesante por la zona en la que solía vivir la gente con recursos (aunque parece ser que, ya absorbida por el crecimiento de la ciudad, no resulta tan atractiva y se están mudando a zonas residenciales más a las afueras).

Solo me resta añadir que para volver desde Arusha siempre cogimos un taxi ya que íbamos cargadas con las compras. También hay que regatear y es importante fijar el precio antes de subir porque, si pueden, te hacen precio de "mzungu" (extranjero).


martes, 14 de abril de 2020

Viaje a Tanzania: febrero-marzo 2020 (María) - Parte 3: Tarangire y Ngorongoro

Primer día: sábado, 07/03/2020

Tarangire

Me hubiera gustado visitar el Serengeti aprovechando mi estancia en Tanzania. Pero el precio era demasiado para mis bolsillos. Así que tuve que conformarme con un safari de un fin de semana por el Parque Nacional de Tarangire y el Área de Conservación del Ngorongoro. Eva y Luca, las dos chicas alemanas que trabajaban como voluntarias conmigo en el orfanato de Machumba, también se apuntaron. Nos recogieron en el orfanato el sábado muy temprano y nos llevaron a Arusha. Allí se nos unieron una chica y un chico también alemanes (bueno, la chica de padre español... ambos estudiantes del último año de medicina, estaban en un hospital cerca del Kilimanjaro como observadores) y un estonio de mediana edad muy agradable que cada año realiza un viaje sin la familia con el dinero que ahorra por haber dejado de fumar jejejejeje. Nuestro guía y conductor, Imanuel, encantador...

Toda esta zona es territorio maasai. De ahí que continuamente viéramos a lo largo de la carretera gran cantidad de vacas y cabras pastoreadas por jóvenes o niños de esta tribu. Los maasai son un pueblo de pastores y de orgullosos guerreros que se han negado a abandonar su tradicional forma de vida. Poco a poco han ido dejando de ser nómadas para asentarse e incluso dedicarse a la agricultura además de al pastoreo. Su supervivencia depende de la salud y fortaleza de sus animales. De ellos obtienen la leche para su consumo y los excrementos con los que recubren sus chozas. Rara vez matan al ganado para alimentarse, salvo alguna cabra u oveja de vez en cuando. Pero cuando lo hacen, no desperdician nada ya que emplean los cuernos como recipientes, con las pezuñas y los huesos hacen adornos y curten la piel para confeccionar calzado, ropa y coberturas para dormir. 



Una leyenda maasai cuenta que en el principio Dios tenía tres hijos, a cada uno de los cuales obsequió con un regalo. El primero recibió una flecha para cazar; el segundo, una azada con la que arar, y el tercero, un cayado para guiar el rebaño. Según la tradición, fue este último el que se convirtió en el padre de los maasai. Es una tribu de individuos generalmente esbeltos y de facciones finas. Su holgada indumentaria es de colores vivos, predominando el rojo, cuyo significado es el "valor".

Antes de llegar al Parque Nacional del Tarangire pasamos por pueblos en los que se celebraban mercados maasai. 



El Parque Nacional de Tanrangire es el sexto más grande del país. Su nombre proviene del río que cruza por el parque, río que es la única fuente de agua para los animales salvajes durante la estación seca. Durante esta etapa miles de animales migran al Parque de Tarangire desde Manyara, otro parque que se encuentra cerca y que es conocido por su famoso lago del mismo nombre. El paisaje y la vegetación del parque de Tarangire son muy variados. Con un área de aproximadamente 2850 kilómetros cuadrados, está salpicado de un gran número de árboles baobab y densos arbustos.



                              
Panorámica a la entrada del parque
                               
Sólo se recorre una pequeña parte del total del parque, pero aún así, la visita dura prácticamente todo el día. En cuanto entramos, nos encontramos con una de las especies que abundan aquí: los impalas, un tipo de antílope de estatura mediana. Se asemeja, sin embargo, a las gacelas. Solo los machos llevan cuernos, que pueden llegar a medir hasta 90 cm de largo. A veces se confunden con la vegetación y solo la aguda vista del guía nos permitía descubrirlos. 




En cuanto a la flora, el Parque de Tarangire es conocido por la abundancia de baobabs. Se trata de un árbol de enormes proporciones que suele tener carácter sagrado, respetado por todos los pueblos africanos. Su altura puede oscilar entre los 5 y 30 m y el diámetro del tronco puede superar los 11 m. La corteza es lisa y la madera fibrosa, con poco contenido en agua. Pueden vivir hasta 1000 años, aunque se habla de que algunos han alcanzado los 5000. En Tarangire pudimos ver que algunos de estos árboles presentaban enormes huecos en los troncos, que según el guía eran usados por los cazadores furtivos para esconder los colmillos de elefantes y los cuernos de los rinocerontes.


Para los amantes de las aves, este parque es un paraíso. El guía nos mostró diferentes especies, de las cuales no recuerdo el nombre. Sí me resultó impresionante el colorido de muchas de ellas al alzar el vuelo y abrir sus alas. Hay más de 300 especies en el parque.

Recuerdo que este era un ganso egipcio 


Pero sin duda, las estrellas del Parque Nacional de Tarangire son los elefantes. Se encuentran por todas partes. En general, buscaban la sombra, el sol pegaba de lo lindo. El guía nos enseñó a distinguir los machos de las hembras por la longitud y tamaño de los colmillos. 




 

El ríoTarangire es el alma del parque, fuente de vida. En el vídeo podemos apreciar un pelícano deslizándose en la orilla opuesta a donde nos encontrábamos. 







Luca y Eva en la zona de picnic 






Después del alto para comer y descansar, seguimos la visita para descubrir otra de las grandes atracciones del parque: las jirafas. La verdad que no vimos demasiados animales en Tarangire. El guía nos dijo que hacía mucho calor y que la mayoría estaban escondidos para protegerse del sol. Por otra parte, al estar ya en temporada de lluvias, muchos animales habían vuelto al parque Manyar donde el lago les ofrecía el agua necesaria para vivir. 




Y este es otro tipo de antílope que por lo visto nadie come. Parece ser que su carne sabe mal y además, cuando se siente en peligro, suelta un líquido bastante asqueroso según nos contó el guía. 

Terminada la visita, al atardecer, seguimos hasta el "lodge" en el que íbamos a pasar la noche. Allí nos encontramos con otro chico alemán que trabajaba en Arusha y que había decidido unirse a nosotros para la visita al Ngorongoro al día siguiente. Me tomé una cerveza bien fría en compañía del estonio, con una conversación muy interesante sobre cosas de su país y del mío. Luego cenamos todos juntos, la comida deliciosa y la sobremesa también. Sin embargo, yo me retiré temprano porque quería disfrutar de un placer que llevaba muchos días sin poder tener: una larga ducha bajo el agua caliente jejejejeje.


¡Ah! Una cosa que se me olvidaba: para ir al Tarangire te aconsejan no llevar nada negro o azul oscuro ya que hay moscas tsé-tsé que se sienten atraídas por esos colores. No son moscas peligrosas en esta zona, no suelen provocar la enfermedad del sueño. Pero sí son molestas: hubo un momento en que atravesamos un área en donde había muchas y algunas se colaron en el jeep, nos costó deshacernos de ellas y... ¡mordían! ¡vaya sí mordían! 



Segundo día: domingo, 08/03/2020

Ngorongoro


Madrugamos, un excelente desayuno y de nuevo en la carretera.



      El albergue en donde pasamos la noche          

Un espectáculo curioso cuando nos íbamos acercando al Ngorongoro fue el de los babuinos en la carretera. Estos primates viven en el interior del parque, pero por la mañana salen, vamos, se van de excursión por las zonas próximas, y vuelven al atardecer (de hecho, cuando nosotros iniciábamos el regreso nos los encontramos volviendo al parque).




Ya llegando al área del Ngorongoro surge una población que, según el guía, es bastante reciente y se ha desarrollado al amparo del turismo que visita el parque.


Cuando entramos en el parque, el guía nos indicó que hay dos zonas claramente diferenciadas: la primera que atravesamos, un bosque tropical, y la segunda, formada por la llanura que se extiende en el interior del cráter. 



Desde el mirador sobre el cráter el paisaje es impresionante. En realidad, como nos explicó el guía, no es un cráter sino una enorme caldera. Parece ser que se formó cuando un volcán gigantesco explotó y colapsó hace dos o tres millones de años. El resultado fue esta caldera con paredes de más de 600 metros de altura, cubiertas de bosque, más un suelo llano y fértil de unos 260 kilómetros cuadrados de extensión. 

Mientras estábamos en el mirador, Imanuel nos explicó que Ngorongoro sigue siendo tierra maasai. Pero aquí los maasai pueden vivir, ya que solo es un área de conservación y no un parque nacional, como Tarangire, en donde ningún ser humano puede vivir. No obstante, el gobierno de Tanzania quiere convertirlo también en parque nacional por lo que los maasai se verían obligados a dejar las tierras en donde viven desde tiempos inmemoriales. El gobierno se basa en el crecimiento de la población maasai que, según él, está haciendo que los animales cada vez dispongan de menos espacio para ellos. Les ofrecen reubicación en otras zonas, con escuelas, hospitales, etc., pero los maasai se niegan y han interpuesto un recurso judicial que lleva muchos años sin ser resuelto. Desde mi punto de vista, no creo que los maasai les quiten terreno a los animales, toda su vida han convivido con ellos. Además, la zona es enorme y tampoco vimos aglomeraciones de maasai que hagan pensar en un problema de superpoblación. 

Los primeros búfalos que vimos, había mucha niebla al llegar

El cráter alberga unos 25 000 animales de muy distintas especies. Se considera una de las áreas más reducidas en donde se pueden ver los cinco animales más representativos de África: el león, el leopardo, el elefante, el búfalo y el rinoceronte. Si incluimos al hipopótamo entonces hablaríamos de los seis grandes. Excepto el leopardo, nosotros pudimos ver los otros cinco. Otros animales que habitan en el valle son las hienas y los chacales, además de numerosos herbívoros, como el ñu, las gacelas de Thompson, las cebras, los antílopes y los impalas. Y, al igual que en Tarangire, abundan las aves, en este caso algunas de las más grandes, como los buitres y las águilas, además de muchas aves acuáticas alrededor del lago Magadi, que atrae a numerosos flamencos debido a sus aguas poco profundas. 

Desde el mirador fuimos avanzando hasta la entrada oficial de la zona de conservación. A la derecha quedaba el cráter, a la izquierda se abría un paisaje verde abierto en el que se veían algunos poblados maasai y otro lago. 




                  


Y llegamos a la entrada. Aquí nos detuvimos para ir al baño y de nuevo contemplar la llanura de la caldera. 
 









A partir de aquí se inicia el descenso por las paredes del cráter. Las vistas cortan la respiración. Y una vez que se llega abajo, el silencio, la paz son impresionantes.






Un ñu de apenas un mes, ya que este animal siempre da a luz en el mes de febrero
Preciosas las cebras. Aprendí que de pequeñas sus rayas son marrones y van cambiando de color a medida que se hacen adultas









Un chacal y abajo, jabalíes




Curiosa imagen: un ñu y una hiena se observan mutuamente

Búfalos más de cerca. Según el guía pueden ser muy agresivos, no es la primera vez que embisten un jeep

Una altiva avestruz

Como en Tarangire, no recuerdo el nombre de esta rapaz. Pero su plumaje al levantar el vuelo resultó espectacular

Y el más buscado: el león





Estábamos llegando a la zona de picnic y el león se dirigía también al mismo lugar. Fue muy divertido acercarse y ver a los guías de todos los jeeps llamando a Simba para que se aproximase y así verlo mejor, mientras los turistas se refugiaban en los baños y asomaban apenas las cabezas para preguntar si ya se había ido jajajajaja.

El picnic se hizo junto a un pequeño lago en el que de vez en cuando asomaban las cabezas de los hipopótamos. Estos animales permanecen todo el día en el agua, hasta el anochecer. Curiosamente, más tarde, cuando llegó la tormenta y el cielo se oscureció, pudimos oírlos saliendo del agua (creían que ya era de noche).











Mientras comían sus bocadillos, Luca y el guía se sentaron junto al lago. En la imagen vemos a Luca siguiendo el vuelo de un águila. Por mi parte, yo tenía mi guerra personal con unos pajaritos que estaban emperrados en comerse nuestra comida, iban saltando de jeep en jeep tras las migas que caían y podían alcanzar. Mirad su cara y sus ojos cuando le dije que no iba a darle ni un solo trozo de mi bocadillo, jajajajaja. Quizá por eso al final me dio la espalda:
 

     

Después del picnic seguimos recorriendo el cráter y pudimos ver los flamencos rosas a orillas del lago, junto a otras aves acuáticas. Y también volvimos a ver un león, ¿el mismo?





   

Y de repente estalló la tormenta que nos obligó a adelantar la salida del cráter. Pero antes pudimos ver un rinoceronte negro, animal en peligro de extinción. El guía lo distinguió en la distancia y Daniela, la chica alemana de padre español, pudo sacarlo con su superzoom y luego me pasó la foto. Estos animales tienen un ciclo reproductivo que contribuye a su escasez: las hembras no son fértiles hasta que no tienen unos 6-7 años (suelen vivir sobre 40 años) y entre embarazo y embarazo deben transcurrir además entre dos años y medio y cinco años. En cada parto solo nace una cría. Si unimos a eso la caza a la que se ven sometidos por sus cuernos, ya tenemos la explicación de por qué se están extinguiendo. Hoy, en muchos parques africanos, los guardias pueden disparar a los furtivos sin previo aviso. 




domingo, 29 de marzo de 2020

Viaje a Tanzania: febrero-marzo 2020 (María) - Parte 1: Zanzíbar


Primer día: domingo, 16/02/2020

Llegada a Zanzíbar

Este es un viaje un tanto inesperado y en el que no había pensado mucho con anterioridad. Había decidido ir como voluntaria a un orfanato a Tanzania, pero Zanzíbar solo apareció en mis planes poco tiempo antes de partir. Cuando miras el mapa de África y te das cuenta de que Zanzíbar, famosa por sus playas y aguas turquesa, está justo frente a la costa de ese país (del que también forma parte), te preguntas "¿por qué no?"... así que decidí pasar una semana de vacaciones conociendo esta fantástica isla antes de meterme de lleno en el trabajo de voluntariado. Me quedé en Zanzibar Bahari Villas, un pequeño resort en donde me encontré muy a gusto: un personal muy agradable y servicial, una habitación espaciosa y muy limpia, un restaurante con una cocina exquisita, una piscina amplia y cristalina, a pie de playa... playa que no sé si por estar en temporada baja o por qué, estaba desierta: arena blanca y fina, agua transparente y con muy buena temperatura. 

Gran mapa de Zanzíbar 1

Desde el aeropuerto, próximo a la capital, un taxi enviado por el hotel me trasladó a Matemwe, que, como veis en el mapa (al que haré referencia en más de una ocasión), está situado en el nordeste de la isla. 

Tengo que informaros de que para entrar en Tanzania es necesario un visado que se puede comprar en el mismo aeropuerto o puedes llevar desde el punto de partida tramitándolo directamente o a través de una agencia de viajes. En cualquier caso, el paso por la aduana es más fácil si ya lo llevas contigo, aunque no deja de ser un caos.

Por otra parte, también necesitáis una serie de vacunas (hay que organizarse con tiempo porque algunas de ellas tienen que ser administradas meses antes de partir). En principio, y según información que te dan en los Centros de Vacunación Internacional españoles, no se necesita la vacuna de la fiebre amarilla a no ser que hagas escala en un país en donde la enfermedad esté activa. No obstante, el gobierno de Tanzania la exige. La Organización Mundial de la Salud sí recomienda otras vacunas: difteria, tétanos, sarampión, paperas, rubeola, poliomielitis, hepatitis A y B, tifus y rabia. Es conveniente que lleves tu Certificado de Vacunación internacional contigo (aunque a mí en ningún momento me lo pidieron). 

Y, por experiencia propia, os aconsejo viajar con un botiquín básico: analgésicos, antihistamínicos, antidiarreicos, antiinflamatorios, protectores estomacales, crema solar y, sobre todo, repelente de insectos que contenga DEET. No olvidéis, también, llevar un adaptador universal ya que los enchufes son de tres clavijas.

Os dejo aquí un vídeo de ese primer día en el que podéis apreciar la tranquilidad del resort y la belleza de la playa de Matemwe. Es una zona sin fiestas ruidosas, sin turistas molestos; solo la naturaleza y la relajada vida cotidiana de sus habitantes. Aquí, y a pesar del turismo, la mayoría de sus habitantes sigue viviendo de la pesca y la recogida de algas. 




Segundo día: lunes, 17/02/2020 

Playa de Matemwe

Hacía mucho sol, yo creo que picaba más que en Bali. De hecho, solo de pasear por la playa, y a pesar de toda la crema solar que me había echado, me quemé la cara (estuve pelando durante un montón de días después). Un día de relax en el paraíso. 

                                            A pesar de las nubes, el sol quemaba
                                            No tardaron en irse las nubes
                                            El paraíso
                                             Mi rinconcito, entre la piscina y la playa 
La piscina del hotel




                                            La vista desde mi rinconcito












 
Deliciosa comida y postre 
       


Tercer día: martes, 18/02/2020 

Prison Island

Si veis el mapa, en la costa, frente a la ciudad de Zanzíbar, un poco más al norte, se halla la pequeña isla de Changuu, también conocida como Prison Island. Es una de las excursiones que se ofrecen en la isla. Yo la contraté a través del hotel, aunque hay muchos habitantes que contactan directamente con los turistas para llevar a cabo tanto esta como otras visitas posibles. 

Hay que trasladarse hasta el pequeño puerto de Stone Town y allí negociar el precio con uno de los pescadores que te llevan a la isla. Es un corto viaje de unos 40 minutos. Muchos turistas lo hacen no solo para ver las tortugas gigantes, sino también para bucear ya que hay un magnífico arrecife de coral en el que abundan las estrellas de mar. 

La visita a las tortugas resulta un tanto decepcionante. De hecho, ni siquiera son originarias de Zanzíbar sino que han sido importadas de Seychelles. Es cierto que resultan impresionantes y que es increíble que tengan la edad que tienen (la más antigua tiene 102 años). Sin embargo, están metidas en una especie de corral lleno de barro y excrementos y todo el interés reside en alimentarlas y acariciarlas. En cuanto a la prisión, fue construida en 1893 por Lloyd Mathews para retener a los esclavos antes de ser transportados a lugares de Oriente Medio o Europa. Después se transformó en un centro de cuarentena para personas con enfermedades mortales, como la fiebre amarilla. No tiene tampoco mayor interés.  

En realidad lo que más me gustó fue el viaje en barco y las vistas que se obtienen de Stone Town. Y un consejo: no vayáis con vestido largo, ya que hay que meterse en el agua para poder subir al barco. Yo, como patosa que soy, hice el desembarco más ridículo al llegar cerca de la playita de la isla en donde atracan los barcos... al intentar apoyar un pie fuera del barco me fui casi que de cabeza al agua... menos mal que hacía calor y me sequé pronto pero, en fin, ¡siempre dando la nota! jajajajaja.

                                            Negociando el precio


Dejando atrás el pequeño puerto de Stone Town







         
    Rinconcito de la isla

  


Playita en donde me di el baño al bajar del barco 





Stone Town

En swahili, Mji Mkongwe, o Ciudad de Piedra de Zanzíbar, es la parte antigua de la capital de la isla, Zanzíbar. Este laberinto de callejuelas ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad. Me hubiera gustado recorrerla a mi aire ayudada por un mapa, sin necesidad de un guía que te lleva a todo correr de aquí para allá sin dejarte disfrutar de nada. Pero también es cierto que no me parece un lugar para visitar sola, me recuerda muchísimo a las estrechas medinas de algunas ciudades de Marruecos en donde piensas que detrás de cada puerta te espera un peligro. Si hubiera ido con otra persona, no me hubiera importado haberla recorrido por mi cuenta.

En Stone Town uno se aleja de los hoteles de lujo y las playas paradisíacas para descubrir el corazón del archipiélago. Realmente en sus calles se respiran los fantasmas de todos aquellos pueblos que en su día quisieron conquistar la isla: hay notas persas, detalles de los sultanes de Omán, aromas de la India... Y es que por esta encrucijada del Índico pasaron pueblos bantúes, persas, árabes, indios, portugueses y británicos... todos ellos han dejado su legado presente en distintos rincones.

Antes de adentrarnos en la ciudad nos detuvimos a tomar unas cervecitas en un bar cuya terraza daba al pequeño puerto de pescadores

Desde aquí nos dedicamos a recorrer las callejuelas en las que edificios coloniales, catedrales, palacios, baños persas, mezquitas... se entremezclan para contarnos la historia de la isla. Es de destacar el penoso estado de muchas de las casas de piedra coralina y cal que se han quedado ancladas en el tiempo y hoy aparecen desconchadas por el efecto de la erosión y el paso de los años y el abandono. Es muy fácil desorientarse si perdemos de vista el mar como referente. A continuación dejo algunas fotos de esas calles de Stone Town con las explicaciones correspondientes:   

El edificio blanco pertenece al rey de Marruecos, que lo está rehabilitando. Contrasta con los edificios que lo rodean

Torres de un antiguo templo hindú




Rincones que serían preciosos si no estuvieran tan descuidados 

Bonita fachada de un hotel 

A medida que recorres las estrechas calles de Stone Town vas comprendiendo que un elemento muy importante en la ciudad son las puertas de madera tallada de las casas, cuya decoración indica el poder y la posición social del propietario de la vivienda. Se conservan alrededor de 500. Las más antiguas son las árabes, fácilmente identificables por sus inscripciones en esa lengua (suelen mostrar relieves con pasajes del Corán). Las más recientes, la mayoría de finales del siglo XIX, incorporan rasgos propios de la India, como los remates semicirculares, los motivos florales y las grandes piezas de latón que se usan en aquel país para evitar los embistes de los elefantes. 




Aunque pudiera parecer india se trata de una puerta árabe ya que presenta inscripciones en esa lengua

Esta sí que es india. Está situada en el edificio que vemos arriba, bien conservado por ser un edificio oficial





Una de las cosas que uno no se puede perder cuando visita Stone Town es el mercado de Darajani. En el exterior se localizan los vendedores de especias y en el interior la vida discurre ajena al turismo. Frutas, verduras, carnes y pescados se ponen a la venta en medio de un bullicioso caos. La parte más llamativa es la zona de las pescaderías en las que podemos encontrar grandes piezas de atún y barracudas. Recuerda que no puedes hacer ninguna foto sin pedir permiso.



       

























  

   

                



Otro de los lugares imprescindibles en Stone Town es el antiguo mercado de esclavos. En la década de 1860 pasaron cada año por el mercado de Zanzíbar entre 10 000 y 50 000 esclavos. En 1873 un tratado con Gran Bretaña puso fin al comercio de personas en la región, pero para entonces ya se habían vendido cerca de 600 000 esclavos. La cifra en sí ya es impactante, pero el dolor en el alma es mucho mayor cuando entras en las celdas y ves en qué condiciones malvivían hombres, mujeres y niños, privados de libertad, hacinados, sin apenas ventilación y encadenados. Estas celdas son el único rastro que queda de esta oscura etapa ya que sobre los cimientos del mercado se construyó la primera catedral anglicana en África Oriental. Junto a ella podemos ver un estremecedor monumento en memoria de los esclavos. 






        









¿Qué veis de particular en esas columnas? Imagino que lo mismo que yo: nada. Sin embargo, el guía me hizo darme cuenta de que estaban colocadas con la parte de arriba para abajo y viceversa. Parece ser que los obreros que trabajaban en la construcción de la iglesia quisieron darle una sorpresa al encargado de la misma, que se había ausentado durante unos días. Cuando regresó, se quedó atónito, pero decidió recompensar el esfuerzo y la intención de los obreros y decidió dejarlas como estaban.

Por cierto, aunque hay una catedral anglicana, la población de Zanzíbar es mayoritariamente musulmana conservadora. De todas formas, la isla siempre se ha caracterizado por una convivencia pacífica entre religiones:

                       

Terminamos la visita a Stone Town recordando a Freddie Mercury. Stone Town vio nacer al músico, pero no ha sabido convertirse en un lugar de peregrinaje para los fans, quizá porque sus excentricidades y su evidente homosexualidad entraban en contradicción con los valores de la tradición africana. Freddie Mercury nació en 1946 en el seno de una familia persa y cuando la isla vivía bajo la dominación británica, de ahí su nacionalidad. Los primeros 16 años de su vida los pasó entre Zanzíbar y Bombay, en donde estudiaba. La última vez que pisó la isla fue en 1962, poco antes de que se proclamase la Unión de la República de Tanzania. 

Ahora mismo solo quedan en Stone Town dos lugares que recuerdan la procedencia del artista. Uno, la que antaño fue su casa (hoy convertida en hotel), en cuya puerta se puede ver la insignia Mercury House. Junto a ella varias fotos en el interior de unas vitrinas, fotos desgastadas por el paso del tiempo. Y el otro lugar, el Mercury, un bonito local de copas al borde del mar.


   








Cuando dejas atrás Stone Town, tienes la sensación de haber conectado con el esplendor de su pasado a pesar del lamentable estado de conservación de su presente. La parte antigua de la capital de Zanzíbar es el epicentro de un paraíso que vivió tiempos de gloria comerciando con marfil y especias y que en el siglo XIX se convirtió en el principal centro de tráfico de esclavos de África bajo el poder omaní.

Vuelta a casa, relax en la playa y cena deliciosa:







Cuarto día: miércoles, 19/02/2020 

Snorkeling


Lamentablemente no tengo una cámara acuática porque me habría encantado sacar fotos de lo que descubrí al meter la cabeza en el agua con las gafas y el tubo. Me había apuntado a una excursión en bote a la isla cercana, en la que hay además un arrecife de coral. En la playa de Matemwe hay varios nativos que tienen carteles ofreciendo distintas excursiones y visitas en la isla y yo negocié con uno de ellos. Pero a punto estuvimos de no salir porque el día amaneció con la marea muy baja y en esas condiciones es muy difícil navegar. La solución pasó porque tanto a mí como al matrimonio alemán que me acompañaba nos llevaran en moto a la punta norte de la playa, más cercana al mar abierto y por lo tanto con algo más de profundidad. Aún así el desplazamiento con la barca fue lento y tuvimos que ir muy despacio en más de una ocasión para evitar tocar el fondo. 

Nunca había hecho snorkeling y estaba un poco asustada, pero tanto el chico que nos llevaba como el matrimonio alemán (eran unos expertos, incluso llevaban su propio equipo) me animaron y me prometieron ayudarme en todo momento. Colocación correcta de gafas y tubo y ¡hale!, al agua. 

¡Es increíble lo que hay ahí abajo! Estás nadando en la superficie y por muy transparente que sea el agua, como en este caso, no tienes ni idea del mundo que se abre ante ti una vez que metes la cabeza... Fue una sensación indescriptible que no olvidaré jamás. Los peces de llamativos colores y diferentes tamaños, los corales... de repente me sentí como uno de esos reporteros gráficos del National Geographic, estaba dentro de uno de esos documentales, ya no lo veía desde fuera. Sentí no estar mucho tiempo en el agua, pero mi capacidad pulmonar no es muy grande y al poco tiempo me sentí cansada y muy mareada, me faltaba oxígeno (está claro que tengo que aprender a respirar mejor por el tubo). Subí yo solita a la barca jejejejeje y me quedé disfrutando del aire marino mientras los alemanes seguían a lo suyo. Subió también el chico y cortó y peló un montón de fruta: plátanos, mangos, piña...





En esos vídeos se aprecia perfectamente la poca profundidad del agua frente a la playa de Matemwe. En el segundo se ve claramente la barrera de coral que impide la llegada de las olas durante la marea baja, ya que rompen lejos de la costa. Aprovechando la marea baja los nativos pescan (sobre todo pulpos) y los turistas se pasean por el agua. Y en el vídeo que sigue a continuación se ve la zona en la que se reúnen las barcas para llevar a los turistas a practicar este deporte (por cierto, que la isla es propiedad privada, según el guía, de Bill Gates): 




Ya de regreso, estuve con unos chiquitos maasai a los que había prometido comprar algunas cosillas. Uno de ellos me regaló una pulsera. La verdad que luego los vi casi todos los días y me contaron cosas de su cultura, además de pasarme fotos de su vida en el Ngorongoro (en Zanzíbar están vendiendo recuerdos hechos por ellos a los turistas, para, por ejemplo, comprar más vacas a su regreso a casa... los maasai son fundamentalmente pastores que han dejado atrás la vida nómada).







En las fotos, la cena de ese día y la comida del siguiente, que pasé íntegramente en plan relax en el resort. 


Sexto día: viernes, 21/02/2020 

Jozani National Park


Esta vez acordé la excursión con Ame, un chico que tenía su "oficina" justo al bajar las escaleras que daban a la playa. Si volvéis al mapa, veréis que se localiza al sur de la capital, junto a Chwaka Bay. Se trata de un fantástico bosque tropical, hogar de numerosas especies endémicas, entre las que destaca el colobo rojo de Zanzíbar, primate considerado en peligro de extinción y que fue elegido, en la década de 1990, para representar la conservación biológica de este archipiélago. 


Como se puede ver, su pelaje tiene tres colores: una banda negra corta a lo largo de los hombros y los brazos, mientras que el vientre y la parte inferior de los miembros son blancos y el resto de la espalda de un tono rojizo que da el nombre a la especie. Poseen una larga cola no prensil que solo utilizan para mantener el equilibrio en los desplazamientos saltando de árbol en árbol. La palabra "colobo" viene del griego y quiere decir "mutilado" ya que, al contrario de los otros primates, no tienen pulgares o están poco desarrollados.







El guía, estupendo, por cierto, nos llevó a través de senderos abiertos en medio de la abundante vegetación y nos iba dando todo tipo de explicaciones sobre las plantas y árboles que íbamos encontrando, haciendo hincapié en sus propiedades medicinales, conocidas en la isla desde la antigüedad. Al principio éramos un grupo de unas diez personas, pero muy pronto quedamos solo tres (una pareja eslovaca encantadora y yo) y el guía, ya que los demás habían venido solo a ver los monos y no estaban interesados en la flora del parque. Hacía un calor espantoso y menos mal que los eslovacos llevaban repelente para los mosquitos (yo había olvidado el mío en el hotel)... aún así, nos acribillaron. 




También descubrimos cosas sobre la fauna del parque, más allá de los monos. Pájaros, reptiles, crustáceos... todo un mundillo que pulula sin que apenas nos demos cuenta. Por ejemplo, en la siguiente foto vemos el agujero-casa de un cangrejo que habita en el bosque y que es prácticamente idéntico a los que vemos en nuestras playas (hay mucha agua en el subsuelo que se acumula en época de lluvias):


Sin el ojo experto del guía, todas estas maravillas nos hubiesen pasado desapercibidas. Como la rana minúscula que vais a ver a continuación. No sé ni cómo fue capaz de verla en el medio de aquella vegetación. En la foto parece más grande porque está sacada desde muy cerca, pero ni siquiera tiene el tamaño de una uña.



Dentro del parque hay una zona de manglares espectacular. Nunca había visitado uno y la verdad que resulta impresionante ese conjunto de ramas, raíces, lianas... es un hábitat de transición entre el medio acuático y el terrestre, propenso siempre a las inundaciones, en el que las distintas especies viven en muchos casos en una perfecta simbiosis (es el caso, por ejemplo, de los árboles con los cangrejos... si la semilla del árbol cae de pie, nace un nuevo manglar, si no, sirve de alimento para esos crustáceos). Para no alterarlo y para hacer más fácil la marcha se recorre a través de unas pasarelas de madera. Al final llegas a la fuente de agua, un canal que viene desde el océano, en el que nadan peces de brillantes colores.




  








Y antes de despedirnos, una foto con el guía, Morgan Freeman según los eslovacos.




Séptimo día: sábado, 22/02/2020 

Relax en Matemwe



Había que aprovechar el último día en esta paradisíaca playa. Como novedad, Ame, el chico que me había organizado la visita a Jozani, me invitó a media tarde a ir hasta la punta sur de la playa en su moto. Accedí y me fue mostrando los hoteles y resorts de esa zona, además de explicarme cómo la gente pescaba y recolectaba algas. Quería enseñarme a conducir la moto, pero no estaba yo muy animada... Después estuve charlando con los maasai (vi sus cabañas más o menos a la altura de la mitad de la playa, bajo los árboles) y prometieron venir al día siguiente sobre las 10 a despedirse de mí, cosa que efectivamente hicieron.