jueves, 12 de diciembre de 2019

Puente de la Constitución 2019: Fátima y alrededores (Chus y María) - Parte 4 y última

Fátima, Jardín Oriental Buddha Edén, Alcobaça, Tomar, Figueira da Foz, Quiaios (continuación y final del viaje)

Domingo, 8/12/2019:  

Quiaios

Como ya dijimos, no pudimos disfrutar de las vistas desde el hotel mientras desayunábamos porque el día amaneció con una niebla muy espesa. Recogimos las cosas y salimos en dirección a Quiaios, una enorme playa salvaje en la que yo ya había estado y que se encuentra muy próxima a Figueira da Foz. La idea era ir por unas pistas a través del monte, desde cuya parte alta hay unas vistas espectaculares de Figueira, pero entre la señalización (que no acabamos de encontrar muy acertada) y la niebla (que nos hubiera impedido ver nada) acabamos utilizando la carretera para llegar al pueblo y a la playa.

Situada al norte de Figueira da Foz, se trata de un amplio arenal rodeado de dunas cubiertas de vegetación. El mar bate con un fuerte oleaje y parece bastante peligroso para bañarse. Sin embargo, es una playa muy apreciada por los aficionados al surf y al bodyboard.

A nosotras nos encanta la manera en que los portugueses cuidan sus dunas... por todas partes hay pasarelas de madera que permiten el paso sin tocarlas. Ya las habíamos visto un poco más al norte, en las playas de Mira y Aveiro, y creemos que es posible recorrer esta parte de la costa a pie ya que las pasarelas parecen no tener fin una vez que empiezas a caminar por ellas. Unos 30 km de gran belleza natural.







Pena que entonces empezó a llover. Habíamos pensado detenernos en Porto para comer y dar un paseo junto al río (es una ciudad que tanto a Chus como a mí nos parece preciosa y muy agradable), pero el día no se prestaba para eso. Así que rumbo a casa. Sí nos detuvimos en una parrillada de la carretera antes de llegar a Porto, uno de esos restaurantes que solo frecuentan portugueses y en los que se come muy bien por poco dinero, sobre todo teniendo en cuenta las inmensas raciones que ponen (nosotras pedimos media ración cada una y nos trajimos para casa casi tanto como lo que habíamos comido porque ya no podíamos más).

Desde Porto cogimos la autopista A3 y sobre las 5 estábamos ya en Vigo. Fin del viaje.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Puente de la Constitución 2019: Fátima y alrededores (Chus y María) - Parte 3

Fátima, Jardín Oriental Buddha Edén, Alcobaça, Tomar, Figueira da Foz, Quiaios (continuación)

Sábado, 7/12/2019:  

Tomar

Salimos de Longra riéndonos por lo acontecido, pero la verdad es que estábamos un tanto cabreadas por lo que había pasado con el alojamiento. Lo que pasa es que nosotras somos así, preferimos reírnos que amargarnos la vida... Así que a otra cosa, mariposa.

Tomamos la carretera que nos había indicado la señora Fernanda y poco después nos encontramos con un monumento del siglo XVI, no muy conocido y que, sin embargo, resulta impresionante: el Acueducto dos Pegoes, que llevaba el agua hasta el castillo y convento de Tomar. Tiene una longitud de unos 6 km y una altura máxima de 30 m.




Seguimos y enseguida llegamos a Tomar. Es una pequeña ciudad con gran encanto, cuyo máximo exponente es el Convento de Cristo, una de las obras renacentistas más importantes de Portugal. Está situado en la parte alta y se puede llegar con el coche hasta la entrada, aunque no hay mucho sitio para aparcar por lo que en los días de mucha afluencia turística es mejor dejarlo abajo y subir a pie. Por suerte, en estas fechas y yendo a primera hora de la mañana, no hay problemas de aparcamiento. Pero sí otro tipo de problemas que ya os comentaremos después JAJAJAJAJAJA.

El convento se halla en el interior del recinto fortificado que constituía el castillo de Tomar, una de las edificaciones militares portuguesas más importantes del siglo XII. El conjunto fue elevado a categoría de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1983. El castillo fue terminado el 1 de marzo de 1160, de ahí que actualmente se celebre el primero de ese mes el día de la ciudad de Tomar. Dentro de las murallas del castillo todavía pueden verse algunas antiguas viviendas. Las torres redondeadas de las murallas exteriores supusieron una gran novedad en su época, ya que fueron introducidas en Portugal por los Templarios a través de este castillo. Ese tipo de torres proporciona una resistencia mayor ante los ataques enemigos que las tradicionales de forma cuadrada.




A la entrada se abre una gran explanada con parterres y setos podados con formas geométricas, al fondo de la cual se alza una escalinata que da paso a lo que es el Convento de Cristo propiamente dicho.


                                                                                                                            

No podemos dejar de admirar el pórtico renacentista de la puerta de entrada a la iglesia del convento, aunque ahora no se accede por ella al interior.



La parte más antigua de la iglesia se conoce como Charola. Se trata de un oratorio templario construido en el siglo XII que posteriormente se transformó en capilla mayor con motivo de la reconstrucción ordenada por D. Manuel I, en el siglo XVI. Para ello se abrió un gran arco de triunfo apuntado y se añadió un cuerpo rectangular de tres tramos y dos alturas que aprovechaban el desnivel del terreno.






El coro alto, con balaustrada de madera, está iluminado mediante grandes vanos laterales y un óculo en su parte occidental.


La sacristía está iluminada por dos ventanas, una al sur, que quedó parcialmente tapada por el posterior Claustro principal, y otra, en la parte occidental, con abundante decoración exterior, conocida como "Janela do Capítulo", uno de los elementos paradigmáticos del convento.



                                                                                                                                                    
 Esta ventana parte de las raíces de un árbol sostenido por el busto de un hombre. La decoración trepa por unos mástiles y está compuesta por motivos vegetales y marinos, como algas, maromas, cadenas, corcho... en alusión al momento histórico, en el que el mar se tomó como referente, lo mismo que el óculo superior, que representa velas hinchadas por el viento. Aunque otros historiadores opinan que el significado va mucho más allá, intentando mostrar un vínculo entre la Orden de Cristo y el origen divino de la dinastía manuelina.

   
El convento tiene varios claustros, cada uno de los cuales tenía su propia función: el Claustro da Hospedaria, el Claustro dos Corvos, el Claustro da Micha, el Claustro da Lavagem, el Claustro do Cemiterio y el Claustro Principal.

Detalle del Claustro Principal
En la fachada sur del convento se aprecia la llegada del Acueducto dos Pegoes.


Y ahora os cuento cuáles son los problemas que os podéis encontrar en el aparcamiento del Convento: tenéis que comprar en la maquinita el ticket que indica hasta qué hora podéis estar aparcados. Nosotras, como buenas ciudadanas, lo hicimos así: Chus compró el ticket y yo lo puse en la parte delantera del coche. Allá que nos fuimos tan tranquilas a hacer la visita. Pero hete aquí que cuando fuimos a coger el coche para marcharnos nos encontramos con que nos habían dejado una multa por estar a las 11:00 h aparcadas en un lugar de estacionamiento limitado. ¿Einnnnn? ¡Pero si el ticket nos había dado hasta las 12:27! Entonces me di cuenta de que yo había colocado el ticket con la hora boca abajo, pero vamos, que yo no estaba mal estacionada. Bajamos en busca de la policía y nos la encontramos poniendo más multas en una zona baja de la ciudad. Salí del coche y me dirigí a uno de los agentes para explicarle lo que había pasado. El agente me miró con cara de "qué pesada es esta tía" y echó un vistazo al ticket y a la multa. Entonces me dijo que esa multa no la había puesto él sino un tal Pedro. Le pregunté dónde podía encontrarlo y me dijo que en el edificio central. Y para decirme donde se encontraba el tal edificio sólo me repetía una y otra vez, "na cima". Como empecé a mirarlo con cara de cabreo, me dijo que esperara y llamó al tal Pedro, pidiéndole que se acercara hasta allí. Cuando llegó, no hubo manera de hacerle entender que se había equivocado porque yo sí tenía ticket solo que estaba boca abajo... que cómo sabía él que ese ticket que le enseñaba era el que estaba en el coche y no uno que había cogido después o pedido a otro conductor, que si lo tenía boca abajo era como si no tuviera nada puesto, etc. etc. Noté que se me subía la adrenalina así que de nuevo les pregunté en dónde estaba el edificio principal que yo iba a ir a reclamar allí. Esta vez, el tal Pedro me lo explicó medianamente bien (de todas formas Chus tuvo que preguntar después otra vez). Pues en la policía central, PEOR: el tío que me atendió erre con que yo podía estar presentando un ticket que ni siquiera era mío. Insistí. Porque me tocaba las narices que encima de ser buena ciudadana me estuvieran poco menos que llamando mentirosa. Como no había forma de hacerle bajar de la burra le dije que me iba y que por supuesto no iba a pagar ninguna multa. Me dijo que hiciese lo que quisiese y adiós muy buenas. Vamos, que seguro que otro ni siquiera se hubiera molestado, hubiera tirado la multa a la basura y santas pascuas, pero yo quería ser honrada y lo único que conseguí fue que me tacharan de mentirosa, ¡EL COLMO! 

Figueira da Foz

Una vez más preferimos reírnos y nos pusimos en marcha hacia Coimbra mientras elaborábamos toda una teoría sobre la presunción de inocencia. Se dice que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario, ¿no? Pues el tal Pedro me consideró culpable de buenas a primeras y además no admitió la prueba de mi inocencia, jajajajajaja. En fin, cosas que pasan...

Con tanta risa de repente empezamos a darle vueltas a la idea de que Coimbra era un sitio muy serio y que las cosas no estaban para seriedades, así que sin pensarlo dos veces cambiamos el rumbo y nos dirigimos a la costa, con ánimo de dormir en Figueira da Foz, en donde ni Chus ni yo habíamos estado antes.

Esta vez sí que comí bien, en un restaurante de la carretera, un delicioso "Leitao á Bairrada":



Llegamos a Figueira da Foz y buscamos el hotel que habíamos elegido por Booking, al lado de la playa. El Costa da Prata Hotel resultó ser un hotelito encantador, no muy grande, bien situado, con garaje por un coste adicional de 6 euros, personal extraordinariamente amable, buena habitación con buen aire acondicionado y magnífico desayuno buffet en el último piso con vistas al mar (lástima que al día siguiente hubiese mucha niebla y no lo pudiésemos disfrutar). 

Nos acomodamos y decidimos dar un paseo por la playa... ¡qué playa! ¡enorme!... La verdad que, a pesar de lo que decía nuestra guía, que Figueira da Foz era una ciudad horrible y que ni siquiera merecía la pena acercarse al paseo marítimo ya que el mar queda muy lejos del mismo, debido a la amplitud de la playa, nosotras la encontramos muy agradable y disfrutamos de un par de horas estupendas.


El Costa da Prata Hotel

Reflejos en el agua

Reunión de gaviotas

Gaviota solitaria



De la playa pasamos al espigón...





¿Por qué las gaviotas se ponen en fila en la arena?


Curiosa escultura frente al hotel

Puesta de sol desde el hotel


Después del gratificante paseo, como estábamos cansadas, nos fuimos al bar del hotel y en plan muy relax nos tomamos una copita (bueno, Chus, una coca-cola ya que no bebe alcohol... con excepción de champán y ciertos tipos de moscatel jejejejeje). Y más tarde salimos a cenar por las callejas de la parte de atrás del hotel, en una de las cuales se encuentra el casino. Recomendamos el Gastrobar Acropole, deliciosa cocina, maravillosos postres y excelentes caipirinhas.

Tarta de limón con helado de caramelo y frutos rojos

Coulant de chocolate con sorbete de limón y frutos rojos

Y antes de retirarnos un paseo por las calles iluminadas...


A la izquierda, el casino



martes, 10 de diciembre de 2019

Puente de la Constitución 2019: Fátima y alrededores (Chus y María) - Parte 2

Viernes noche, 6/12/2019, madrugada del sábado, 7/12/2019:  


Esta casa de huéspedes está situada a unos 6 km de Tomar, por lo que nos había parecido que tenía la localización ideal para visitar esta ciudad y sus alrededores en los próximos dos días. Cuando la seleccionamos, antes de iniciar el viaje, a las dos nos había parecido del estilo de otras casas rurales en las que ya habíamos estado: bien casitas individuales dentro de la finca, con su dormitorio, baño, cocina y pequeño saloncito, bien una casa única con habitaciones para los huéspedes y una amplia y confortable zona común. Chus estaba especialmente emocionada con el colorido de las habitaciones (debido a sus circunstancias personales pensó que el color le ayudaría a sentirse bien).

Desde Alcobaça pusimos el Google Maps para encontrar el alojamiento. Cuando nos dimos cuenta, estábamos en la carreterita de un pequeñísimo pueblo, y la vocecita femenina nos decía: "tu destino está a la izquierda". ¿A la izquierda? Pero si allí solo había una casita y... sí, una pequeñísima verja de color azul que se parecía a la de la foto de Booking pero que no daba entrada a ninguna finca porque por allí no cabía el coche. Yo a decirle a Chus que era allí y ella incrédula decía que no podía ser. Pero era, era. Y tanto que era: una señora muy sonriente se acercó a mi ventanilla y dijo mi nombre en tono interrogativo, por lo que dedujimos que era la propietaria. La señora Fernanda nos indicó que podíamos bajar el equipaje y que luego me decía a mí dónde podía dejar el coche. Tuve que continuar unos metros y dar la vuelta al vehículo para dejarlo mirando en la dirección en la que la dueña nos había dicho que se hallaba el parking. Bajamos las maletas y las metimos en el pequeño patio que se hallaba tras la verja y después la propietaria me guió hacia una "leira" (finca) que dijo era el parking de la casa, pero que estaba llena de "lama" (lodo) y que mejor lo dejara en el camino de subida pero sin ir más allá (esa noche no tenía más huéspedes, otra cosa sería la noche siguiente ya que tenía todo reservado). ¿Ese era el parking privado que se anunciaba en Booking? ¿En dónde iba a meter el coche al día siguiente cuando llegaran todos los demás?

La calle en la que estaba la casita era muy, muy estrecha. Nadie lo diría viendo la foto de Booking en la que da la impresión, por el objetivo empleado, de que se trata de una carretera amplia y espaciosa (por eso habíamos pensado que se trataba de una finca y que se accedía a ella por la verja azul).

Una vez aparcado el coche, volví al patio en donde estaba Chus esperando con las maletas. La señora Fernanda nos hizo pasar al interior de la casita y nos encontramos con un reducido saloncito (bueno, según Chus, era una cosa rara): se trataba de una habitación que tenía una mesa con seis sillas, dos aparadores de estilos muy diferentes en los que se veían vasos, copas, tazas, platos... todo muy "vintage", un sofá, dos sillones, una sillita baja, una chimenea y una estufa de leña. Chus pensó que aquello era parte de la casa privada de los propietarios, una estancia en donde recibían a los huéspedes, ya que de hecho tenían allí el ordenador en donde apuntaron nuestros datos. Estaba convencida de que luego nos llevarían a nuestra casita, a la que seguramente se accedería por el jardín que aparecía en las fotos. Pero mientras la ilusa de Chus pensaba esto, yo me decía para mis adentros: "Madre de Dios, a dónde hemos ido a parar".

A Chus se le empezó a caer la venda de los ojos cuando la señora Fernanda nos empezó a decir cómo iba la cosa: 

Primero: a la WiFi gratis que anuncian en Booking, la señora Fernanda le llamaba "WiFi según donde te pongas", es decir, en una esquina del saloncito funcionaba más o menos, pero en las habitaciones funcionaba menos que más, por no decir que no funcionaba en absoluto. 

Segundo: si querías realizar una llamada telefónica tenías que salir a respirar el maravilloso aire puro y frío de la aldea.

Tercero: en el salón no se podía encender la chimenea porque según ella ahumaba toda la casa por no tener un tiro adecuado.

Cuarto: la estufa de leña funcionaba perfectamente pero si no estabas pegada a ella es como si en la estancia no hubiese ninguna fuente de calor.

Dicho todo esto, la propietaria abrió una puerta lateral y nos introdujo en un pasillo en el que supuestamente había dormitorios a cada uno de los lados. Muy amablemente nos dio a elegir entre dos habitaciones que poco se diferenciaban una de la otra. Elegimos la última de la izquierda porque era una de las que habían llamado la atención de Chus en Booking por el color. Y ahí Chus ya fue consciente de que no había casitas individuales y de que aquella minúscula habitación, en la que apenas quedaba espacio para andar, era nuestra "prisión" para esa noche y la siguiente.

La señora Fernanda encendió un pequeño radiador que estaba en una esquina de la habitación y que enseguida descubrimos que no servía para nada, porque apenas tenía potencia para calentar. Además, nos enseñó el baño, al que se accedía por una puerta corredera y que era enano. ¡Ah! Pero al menos teníamos armario (¿¿¿¿????), o eso fue lo que dijo la propietaria señalando un par de estantes y perchas (lo que se conoce normalmente como "burro") que estaban situados en una esquina del baño. Os recomendamos, en caso de que queráis ir (porque nosotras nos dimos cuenta después), que, cuando os vayáis a duchar, retiréis la ropa del supuesto armario y la dejéis encima de la cama, porque si no, se os humedecerá con el vaho que se forma. Y por cierto, tenéis que dejar correr el agua algo así como 10 minutos antes de lograr que salga caliente (y mientras tanto, no se os ocurra desnudaros como hice yo, que a poco más me convierto en un tempanito de hielo) 

Cuando la señora Fernanda se fue, tras quedar en servir el desayuno al día siguiente, a las 9:30 de la mañana, y después de decirnos que esa noche la casa era totalmente para nosotras (ya que, como dijimos antes, el sábado tenía reservadas el resto de las habitaciones), nos quedamos solas. Entonces fue cuando realmente descubrimos que la WiFi no iba (no había forma de cargar las fotos del día en Facebook). Pero no era solamente que no funcionase la WiFi, sino que también comprendimos que iba a ser un tanto complicado cargar los móviles ya que apenas aumentaba el nivel de la batería. A todo esto, con nuestras sillas pegadas a la estufa para sentir algo de calor. Menos mal que Chus se convirtió en toda una experta en meter leña en la estufa y avivar el fuego cuando este decaía.



Yo, bastante malhumorada porque no encontraba posición cómoda en ninguna silla, me fui para cama, mientras Chus decidía quedarse a leer un rato. En cuanto abrí la cama para acostarme y puse mis manos y mis posaderas en la sábana, pegué un brinco y grité pidiendo auxilio... ¡la cama estaba, congelada no, lo siguiente!. Así que no me quedó otro remedio que meterme en ella con el pijama, calcetines y el mantón pañoleta con el que salgo a la calle cuando tengo frío y que ya habéis visto en alguna de las fotos. Apoyé una esquina del mantón en la almohada porque estaba helada y no se te ocurriera darte la vuelta hacia ningún lado una vez que habías calentado el sitio. Por su parte, Chus seguía pegada a la estufa, pero cada vez le quedaba menos leña porque la habían dejado contada, como si hubiesen calculado que a las 10:30 nos teníamos que meter en cama sí o sí, hora a la que definitivamente el fuego se apagó y no le quedó otra que irse también para la habitación. Al entrar, advirtió que estaba helada, o sea, 4 horas de radiador no habían servido para nada. Se tuvo que meter en cama con dos pares de calcetines, el pijama, un jersey y una bufanda. Y también descubrió que una vez calentado ese sitio, no podías moverte para ningún lado.

A la mañana siguiente, Chus, como siempre tan ilusa, pensó que la buena señora habría encendido de nuevo la estufa en el saloncito para que estuviese caliente a la hora de desayunar. Pues no. Ella, que es tan madrugadora, fue hasta allí toda contenta esperando encontrarse calor de hogar y lo único que encontró fue un bizcocho en una habitación congelada. Poco a poco, la señora Fernanda fue trayendo alguna cosa más, eso sí, contada... pero en ningún momento encendió la estufa. Visto lo visto, Chus vino a avisarme de que me pusiese la cazadora para desayunar y eso ya fue la gota que colmó el vaso: decidí sin dudarlo ni un instante que no íbamos a pasar allí ni un minuto más una vez hubiésemos desayunado. La cuestión era como decírselo a la señora Fernanda, porque no podemos negar que era toda amabilidad y sonrisas.

Finalmente decidimos decirle parte de la verdad, la que se refería al frío. Para nuestra sorpresa nos dijo que nadie se había quejado hasta el momento, probablemente porque solo llevaban unos cuantos meses abiertos, de los cuales la mayor parte había sido en verano. Ahí fue también cuando entendimos por qué el radiador no calentaba y los móviles no cargaban, porque nos explicó que no tenía potencia suficiente en la casa y si se ponía a funcionar todo acabaríamos teniendo que encender velas. De ahí que hubiese bastantes encima del aparador (cosa que nos había intrigado la noche anterior). Es más, nos dijo que en la suite tenía un aire acondicionado que no podía encender porque se iba la luz (también comprendimos por qué uno de los huéspedes había dicho en su comentario de Booking que lo malo de la estancia había sido que el aire acondicionado estaba averiado... cosa que ahora nosotras sabemos que no es verdad, sino que simplemente lo tiene allí y ¡oh, casualidad! ese día no funciona, o al menos es lo que le dice a los clientes)

Y ahora lo mejor de la historia: yo no contaba con que me devolviera el dinero ya que la reserva había sido hecha en firme y pagada con antelación por los dos días que íbamos a estar allí. Para mi sorpresa, sin que yo dijera nada, la señora Fernanda dijo que iba al banco a sacar el dinero de la noche del sábado para devolvérmelo. "Uyyyyyyyyyyyyyyyy...", pensé, "esto tiene truco". No me equivoqué: la señora Fernanda, al darme el dinero, me pidió que no hiciese una mala crítica en Booking, o sea, un soborno en toda regla. Confieso que no me siento muy bien por haber aceptado pero es que 60 euros son 60 euros (que nos dieron y nos sobraron para irnos a un hotel de tres estrellas frente al mar, en Figueira da Foz... con garaje, armario independiente del baño, WiFi, cafetería y un buen desayuno, y sobre todo, una habitación calentita con aire acondicionado que funcionaba). Claro que después me arrepentí porque sentí que estaba traicionando a futuros viajeros, así que ciertamente no escribimos una mala crítica en Booking pero lo valoramos con un 5,4.

Dejamos constancia de que es la primera vez, en los múltiples viajes que hemos hecho, que nos encontramos con un alojamiento que no responde a lo ofertado en Booking. Desde luego hay que reconocer que quien hizo las fotos es todo un artista de la venta inmobiliaria. 

Viaje a Cerdeña: julio 2018 (María y una amiga) - Parte 8

Séptimo día: sábado, 28/07/2018

Costa este: de Arzachena a Lanusei   

Dejamos atrás Arzachena y tomamos rumbo al sur por la costa. Nuestro próximo destino era Lanusei, que actuaría como base para las excursiones y visitas que teníamos pensado hacer. Hicimos un alto en San Teodoro, una localidad turística de la costa este en la provincia de Olbia. 
Calle de San Teodoro
De allí seguimos hasta Budoni, donde hicimos un alto para comer una de las mejores pizzas que he probado nunca en un chiringuito junto a su larga playa de arena blanca.



Y después de comer, rumbo a Lanusei.




Lanusei es una pequeña ciudad situada en las crestas de los montes del Gennargentu. En sus alrededores son numerosos los restos de la civilización nurágica, sobre todo en el magnífico bosque de Selene que, con su fauna, sus encinas y castaños, forma el Parque Arqueológico constituido por monumentos nurágicos y dos tumbas de gigantes. En el bosque hay muchos manantiales de agua famosos por sus cualidades curativas. 

El centro de la ciudad se caracteriza por varios palacios del siglo XIX, entre ellos la casa de nacimiento de Goffredo Mameli, compositor del himno nacional italiano.



Lanusei vista desde lo alto
Nosotras nos alojamos en la parte alta de la ciudad, en la casa rural Monti e Mare. La recomiendo sin ninguna duda. Roberto, el propietario, es un hombre muy amable e interesante que reside en la planta superior junto con su encantadora familia (tuvimos incluso la ocasión de conocer a su hijo, su nuera y su pequeño nietecito que vinieron de visita). Mantuvimos muchas conversaciones con él en la terracita desde la que se divisa el pueblo y resultó sorprendente escuchar sus experiencias de vida y su manera de plantearse el presente y el futuro. Por otra parte, la casa ofrece todo tipo de comodidades: nosotras teníamos una especie de apartamento para nosotras solas en la planta baja, al cual se accedía desde la cocina común mediante una puerta que, al cerrarse, nos aislaba del resto de inquilinos y huéspedes. El desayuno muy completo y variado. 


Cocina de la casa

Terracita en el exterior desde la que se contemplaba la ciudad